Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice:
Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. Juan 4: 10

“Salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea. Y le era necesario pasar por Samaria.”Juan 4: 3, 4

La Mujer Samaritana.

La Palabra de Dios registra el relato de la mujer samaritana, en el cual se manifiesta el infinito y puro amor de Dios al buscar y encontrar a esta hija suya, a pesar de todo lo que ella había hecho y del camino que había escogido.

Al leer acerca del contexto histórico en el que vivía la mujer Samaritana en los tiempos de Jesús, puedes notar que judíos y samaritanos no se llevaban entre si; de hecho, para los judíos, los samaritanos eran como animales sin ningún valor, no representaban nada. Además, los judíos evitaban transitar por Samaria, pues pasar por allí era sinónimo de contaminación.

La historia dice que Jesús vendría de Judea a Galilea; si observas el mapa de la Palestina de aquellos tiempos, podrás darte cuenta de que una línea recta unía las dos ciudades; ésa era la recta que atravesaba Samaria. Pero cuando los judíos tenían que hacer ese mismo recorrido, preferían irse por el lado opuesto del río Jordán, o por el Mediterráneo, pero nunca tomar la ruta de Samaria, la cual, aunque era mucho más corta, significaba para ellos contaminarse. Sin embargo, la Palabra dice que a Jesús “le era necesario” pasar por Samaria, lo cual me llena de regocijo porque quiere decir que Dios no hace acepción de personas. Él no crea diferencias entre un hijo y otro: para Él no existe judío, ni griego, ni libre, ni esclavo, para Dios todos somos iguales.

La Enseñanza de Jesus

Aquí puedes encontrar una gran lección para muchos de nosotros: no deberíamos clasificar a las personas por el color de la piel, por el acento que tienen o por la clase social a la que pertenecen. Es muy triste ver iglesias, a las cuales llega un visitante y ni siquiera lo miran; pasa inadvertido, o lo que es peor, a veces lo desprecian por su forma de hablar o de vestir. Eso fue justamente lo que me pasó en una iglesia de mi país: fui un servicio de adoración en la mañana, y nadie me preguntó de dónde venia.

Yo esperaba que al terminar el culto, alguien me invitara a almorzar; pero, cuando me di cuenta, ya toda la gente se había ido, así que tuve que resignarme a un ayuno forzoso. Después del incidente estuve durante varios meses asistiendo a esa iglesia, pero igual fui ignorado todo el tiempo, nadie se interesó por lo menos en saber quién era yo. Hace unos meses llegué como evangelista a la misma iglesia, y conté esta historia. Todo el mundo se preguntaba: ¿qué iglesia habrá sido ésa? ¿Cómo es posible que al Pastor no lo hubieran invitado a comer? Ese día no les dije cuál era la iglesia, sino que les guardé la sorpresa para el final del evento.

Las cosas habían cambiado para mí: ahora yo era un predicador del cual esperaban grandes resultados, y por eso me tenían hospedado en un buen hotel, y sin problemas de comida; pero en aquel tiempo no me ofrecieron todo eso, porque yo era un simple y desconocido vendedor de libros. Gracias a Dios, cuando finalmente les conté, recibieron bien el consejo, y nos pusimos de acuerdo en que, de allí en adelante, cualquier persona que llegara a la iglesia iba a ser tratada como lo hubiese hecho Cristo Jesús; es decir, sin ningún tipo de discriminaciones. Hoy aquella iglesia está repleta de gente que aprendió a sentir como siente Cristo. Ahora viven una experiencia cristiana maravillosa, y están dedicados a evangelizar los barrios pobres, conscientes de que ellos esperan, y para ellos también es, el evangelio

los versículos seis al ocho, puedes ver a Jesús comenzando un trabajo maravilloso con esta mujer; veamos:
“Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer.” Juan 4: 6 – 8</blockquote class=”quote centered”>

Hay varios elementos en estos tres pasajes que llenan grandemente mi corazón. La Biblia declara que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros, y presenta a Cristo como Dios encarnado. Quisiera pues, que ahora imaginaras su experiencia como hombre: cansado, sediento y, por lo que dice la última parte del versículo ocho, hambriento, puesto que los discípulos fueron a comprar alimento. El Hijo de Dios estaba expuesto a las mismas debilidades de nosotros los seres humanos. Sí, el Dios hombre se cansaba, sentía hambre, y también sed. Esa es la razón por la que cuando tú sientes hambre, estás sediento o cansado, Dios simpatiza contigo, entiende tu necesidad, y está dispuesto a ayudarte y darte fortaleza.

En ocasiones, cuando llega el final de mes y no tienes con qué cubrir las necesidades de la casa, es probable que abras la nevera y en vez de verla llena de comida, encuentras que parece una piscina vacía, podrías creer que Dios no se conduele de tus necesidades, pero eso no es verdad; Él siempre está pendiente de ti, no solamente porque eres especial, sino porque siente lo que tu sientes, porque fue humano como tú. Esta realidad que la Palabra presenta, es para que la vivas en tu propia experiencia: cuando sientas que todo el mundo te ha abandonado, nunca creas que Dios te abandonó también, y no pienses jamás que ya no le importas, porque eso sería como blasfemar su nombre.

Por: Pastor Richard García